La
selva
1
Necesito un
café, ni rastro del maldito café, pues nada, me vuelvo a la cama.
Hace calor, mucho calor, mi cuerpo suda mojando las sabanas, ya
estaban mojadas de toda la noche. Cierro los ojos, aun con ellos
cerrados puedo ver cada centímetro de la habitación, la conozco
como conozco mi propio cuerpo, esta habitación se ha convertido en
una extensión mas de mi cuerpo, quizá, de mi alma, de mi propia
existencia. Puedo ver la puerta, marrón. Un marrón desgastado por
el paso del tiempo, por el paso de los que la abrieron y cerraron
antes que yo, posiblemente, incluso antes de que yo naciera. Al lado
de la puerta un interruptor no menos desgastado que la puerta, creo
que está echo de porcelana, lo que delata su antigüedad. Ahora se
fabrican de un plástico absurdo, pero destructor. En esa misma
minúscula pared un no menos minúsculo cuadro, con un marco que en
su día, posiblemente fuera blanco, pero que ahora no tiene un color
claramente definido. La pintura del lienzo representa el retrato de
una mujer desconocida, quizá una modelo anónima al servicio de un
pintor bohemio de principios del siglo XX. No lo se, tampoco me
importa. Pero reconozco que su mirada me inquieta, demasiado
tranquila, demasiado sincera, con un punto de sensualidad, reconozco
que alguna vez e soñado con ella, quizá esté enamorado de ella,
de alguien que ya no existe, incluso he mantenido alguna
conversación, y, después un largo silencio.
En el rincón que
une esa pared con la pared de mi derecha – estoy tumbado en la cama
– una silla de madera pintada de verde, con el asiento de esparto
roído por el paso del tiempo y uso. Nunca me he sentado en ella,
solo la utilizo como perchero. La silla, no tiene mas historia, al
menos para mi.
Casi pegado a la
silla se encuentra un armario que alguien con muy poco criterio
estético tuvo a bien pintar de rojo el cuerpo, y azul oscuro las
puertas. Las patas conservan su color natural, aunque la humedad las
a oscurecido el tono y tiene partícula de lo que parece hongos
verde-azulado. Dentro del armario guardo algo de ropa, la poca que
poseo, creo que a nadie le interesa que ropa tengo – mi vida quizá
tampoco –
En la pared de
enfrente a la puerta está la ventana, esta es de doble hoja y la
cubre unas cortinas a media altura – no pueden ser mas largas,
luego diré por qué, - los cristales en su día puede que fueran
transparentes, pero ahora son opacos, está claro que ya imagináis
por qué. Si, hace mucho que no se limpian. Que ironía, me preocupo
de la opacidad de los cristales, cuando a mí no me gusta que me
puedan ver a través de ellos. Las cortinas son – entre la tela y
la mugre – bastante gruesas, son como de lona, y, bastante tiesas,
pero a fuerza de ser sincero creo que el material es bueno. Arriba no
tiene barra, están sujetas con una cuerda de nailon que la atraviesa
de parte a parte, los extremos de la cuerda están atados a unas
alcayatas clavadas en la pared.
Os dije que la
cortina estaba a media altura, la razón es, que, debajo de la
ventana hay una tabla delgada que hace a la vez, de estudio y de mesa
para comer. Apenas separada de la tabla-mesa-estudio está la cama,
ésta es de tubo cuadrado con un somier de muelles entrelazados que
emite un ruido insoportable cada vez que me muevo. El colchón, o
mejor dicho, el mugriento colchón, que me apalea cada vez que me
tumbo en él, parece estar relleno de piedras puntiagudas preparadas
para romper los huesos de quien ose echarse sobre el.
2
Hoy he tenido que
bajar a la selva, necesitaba un cuaderno para seguir escribiendo mi
historia, la historia de mi vida, tal vez la historia de la vida de
muchos otros, tal vez, la de nadie. Sé que no puedo prescindir de
ser un miembro mas de la selva, pero evito todo lo que puedo
participar en ella, ser parte activa de su vida, llena de una
brutalidad egoísta.
Pero quizá tenga
que empezar explicando los motivos por los que tengo tanta repulsa
hacia la selva, hacia esta selva, la selva humana, la mas salvajes de
las selvas. Donde las costumbres son feroces, mortales, donde algunas
veces te matan a palos, y, otras te asesinan con palabras, esta
ultima, las mas de las veces.
Como espero la
generosa compresión del lector, este me excusará de no tener que
remontarme al mismo momento de mi nacimiento, pues poco sé de ese
hecho, mas allá de lo que mis padres me contaron. Por tanto,
empezaré mi historia en el momento justo que mi memoria me permita,
siendo consciente que la memoria me puede impedir desarrollar una
cronología exacta, aunque intentaré no dar muchos saltos hacia
atrás y hacia adelante.
3
Corría el año
mil novecientos... que importa el año, lo que interesa es saber mi
percepción de las cosas que ocurrían en mi entorno cuando yo
contaba la edad de cinco o seis años. A esa corta edad, todo lo que
escuchas de tus mayores le das una importancia relativa, es decir,
que puedes escuchar algo de mucha trascendencia para las personas que
las viven entendiendo las consecuencias y sin embargo para un niño
de cinco o seis años nos importa más bien poco, o nada, pero otras
conversaciones completamente intrascendentes, te pueden llevar a
prestar la máxima atención.
La conversación
era mas o menos la siguiente:
- Pero que se creen estos ignorantes desgraciados.
- Pues que quieres que te diga, que llevas toda la razón.
- Se creen que porque estuvieron en esa maldita, pero justa guerra, pueden reclamar unos derechos que perdieron en el momento que no supieron ganarla.
- Estoy completamente de acuerdo contigo.
Esta conversación
la mantenía mi tío con mi padre.
Mi
padre, analfabeto, ignorante y pobre, obrero en sus ratos de cordura,
vivalavirgen la mayoría de los días y, sobre todo de las noches, le
importaba un pimiento las opiniones políticas de mi tío, en
realidad le importaba muy poco las opiniones de cualquier índole,
las dijera mi tío o cualquier otra persona.
Era mi padre un hombre hecho – o desecho- a sí mismo. Huérfano
de padre antes de nacer, se vio en la necesidad de buscarse las
castañas desde muy temprana edad, eran catorce hermanos, doce
mujeres y dos hombres, pero el hermano – mayor que mi padre - murió
al poco de cumplir mi padre los tres años de edad. Pudiera parecer
que al tener tantas hermanas no carecería de cuidados. Nada mas
lejos de la realidad. Mis tías paternas bastante tenían con
intentar salir de la miseria que corroía todas sus esperanzas de
sobrevivir, como para preocuparse de un niño con visibles síntomas
de raquitismo que seguramente se lo llevaría de este mundo mas
pronto que tarde. En cuanto a su madre ( mi abuela ), vivía en
constante estado de ausencia afectiva hacia sus hijas e hijo,
posiblemente el motivo de ese estado fuera la vida tortuosa que le
dio mi difunto abuelo, ya que este era del pensamiento ( muy español
) de que el lugar de la mujer no es otro que el de servir al hombre
( a su hombre ) en la tarea exclusiva del hogar, convirtiéndose el
hogar en una especie de mazmorra envuelta en lagrimas y lamentos
entre parto y parto.
Pero
volvamos a la conversación mantenida entre mi tío y mi padre. La
conversación se desarrollaba mientras paseábamos por la calle ...*)
camino de la plaza...* del pueblo donde vivíamos.
- Yo creo que la guerra se perdió por culpa de la poca alegría con la que nuestros soldados afrontaron tan alto honor que la patria les ofrecía.
- Desde luego, queda demostrado que pusieron poco interés.
- Muchos hubieran dado todo lo que tienen por haber ido a luchar y, a dejarse la vida si hubiera sido necesario.
- Si, muchos.
- Yo mismo, si no fuera por mis compromisos en la capital en defensa de los intereses de los verdaderos patriotas, me hubiera alistado.
- Y yo, y yo. Pero en la situación en la que me encuentro no me puedo permitir dejar a la mujer y a los hijos desamparados. Sería un acto ruin y de poco hombre.
Yo
iba junto a mi padre, intentando seguir el paso, no es que fueran
andando con paso rápido, todo lo contrario, pero a mi edad, por cada
paso que daban ellos, a mi me obligaba a dar tres, pero a mi me
parecía un acto heroico y de muy hombre intentar llevar el paso de
mis mayores. De vez en cuando yo giraba la cabeza hacía atrás, ya
que mi madre y mi tía ( su hermana ) nos seguían a la prudente
distancia de cuatro o cinco metros. No solo porque lo exigía la ley
que obligaba a las mujeres a ir unos pasos mas atrás de sus maridos,
también por, una norma moral clerical que así lo aconsejaba. Las
mujeres en santo matrimonio no podían dar motivos al resto de la
comunidad para que esta pensara que no tenían el debido respeto a
sus maridos cuando estos hablaban de asuntos que las mujeres no
estaban preparadas ni emocional ni intelectualmente para dar una
opinión sensata sobre ciertos asuntos, y la política, era uno de
esos asuntos vedados para las mujeres. Otra cosa bien distinta era
que ellas ( siempre a escondidas de sus maridos ), hablaban de
cualquier tema relacionado con el tiempo que les había tocado vivir,
las afectaba tan directamente, que, eran ellas las que despedían a
sus padres, hermanos, maridos, hijos... que el gobierno no de turno
les arrebataba para mandarles a enfrentamientos bélicos que poco
entendían ellas y, muchos de los que partían, aun entendiendo los
motivos, no los compartían, pero era un deber y una obligación
patriótica.
El
pueblo donde vivíamos no tenia nada especial que sea digno de
mencionar, aunque tenia una bonita plaza con una fuente en el centro.
La fuente, que contaba con un pilón de piedra era utilizado por las
mujeres del pueblo para hacer la colada. En torno a el, se reunía
las mujeres, lógicamente las que no disponían de agua corriente en
sus casas, que, eran la mayoría de ellas. Allí, mientras lavaban y
cantaban y hacían algún traje a este, a aquella, los crio
jugábamos, correteábamos y chillábamos. Las calles ( que en
aquella época me parecían largas y anchas, y que con el paso de los
años se fueron acortando y estrechando ), eran de tierra en su gran
mayoría. Solo había dos calles asfaltadas, la del señor marques
de...* y la que daba acceso a la entrada del pueblo, y la plaza que
estaba adoquinada de piedras de distinto tamaño y color. La casa
donde vivíamos, era una casa humilde, sombría, yo diría que estaba
hecha con el material de la pobreza, triste y humillante, pensada
para el llanto de los desamparados, olvidados y despreciados. Ya la
puerta de entrada te anunciaba lo que sin duda te ibas a encontrar
adentro, pues ésta, aunque hecha de madera noble, había perdido su
majestuosidad por los golpes de la lluvia, viento, granizo. Del sol,
del polvo rojizo de la propia calle y del implacable paso de los
años. Las gentes del pueblo eran, gente humilde, sencilla,aunque he
de reconocer que eran bastante cerrados hacia lo de fuera ya que les
molestaba que los forasteros se inmiscuyesen en los asuntos propios
del pueblo, no digamos en los asuntos personales. Entonces ¡ardía
el cielo si hiciese falta!
Cuando
llegamos a la plaza, esta se encontraba muy concurrida, siempre
ocurría lo mismo los primeros domingos de cada mes - igual daba que
fuera invierno que verano – ya qué era el día que ponían un
mercadillo los comerciantes que traían aquellos productos que el
pueblo no producía. Traían naranjas de la china, quesos de suiza,
vinos de parís, alubias asturianas, garbanzos de la mancha, ajos de
Chinchón y, hasta sedas de Arabia. La ultima moda francesa, los
últimos inventos mecánicos o las ultimas lentes de aumento. Pero
lo que realmente nos interesaba a la muchachada, eran los pasteles y
caramelos, las nubes de algodón y las espadas y escudos de madera,
adornados con tan vivos colores que a nosotros nos parecía tan
reales, que si las tuviéramos en nuestras manos, bien pudiéramos
ser conquistadores de tierras lejanas, misteriosas, llenas de
peligros, que combatiríamos sin temor, con la ayuda del brazo
justiciero que nos daría la protección desde la altura divina como
ya lo hizo con nuestros antepasados, conquistadores de las tierras
incivilizadas descubiertas más allá de los inmensos y profundos
mares y océanos.
Y
como también traían los últimos periódicos ( con un mes de
retraso ), donde se podía conocer las ultimas noticias ( los
periódicos se podían leer durante 15 minutos, gratis, siempre y
cuando comprases algo ), tanto el párroco, como el señor alcalde y
algún erudito en letras ( es decir; que sabia leer, y poco más ),
se aprovechaban de la compra que hacía alguna de sus mujeres ( menos
la del párroco por razones obvias ), para leer a viva voz y en
corrillo improvisado, - pero que siempre era el mismo y en el mismo
lugar de la plaza - para que todos los que quisieran conocer lo que
pasaba al rededor del mundo. Lógicamente, si el que leía ese día
se topaba con alguna noticia que pudiera ser indecorosa para los
oídos de las mujeres allí presentes, primero se lo decía al
párroco en voz baja, y, era este quien decidía si podía leerlo en
voz alta o tenia que omitir ese párrafo o articulo.
La
noticia mas deseada en aquellos días era, el atentado terrorista que
sufrió el monarca en la capital del reino. Unos decían, que era
obra de un anarquista, otros que provenía de la venganza de algún
marido al que su mujer había mancillado su honor teniendo un que
hacer amoroso con el monarca, incluso había quien pensaba que era un
mercenario pagado por la propia reina en venganza por las constantes
aventuras extra-matrimoniales de su marido. Esto ultimo, no parecía
muy lógico, ya que la propia reina estuvo apunto de ser seriamente
herida en el atentado, lo cierto es qué a la reina le importaba poco
las infidelidades de su marido, bien por que ella actuaba ( según
las malas lenguas ) del mismo modo, bien por que, como todo el mundo
sospechaba, en ese matrimonio no existía el mas mínimo atisbo de
amor. Es lo que ocurre casi siempre en las uniones matrimoniales
pactadas por conveniencias de las coronas reales que intentan no
perder su estatus imperial. Aunque en nuestro país, la cualidad de
imperio se había perdido con la derrota de la guerra a la que mi tío
y mi padre hacían referencia mientras nos dirigíamos a la plaza.
Ese
domingo, me fijé en una chica que no había visto nunca, o al menos,
no me había fijado en ella hasta ese momento. Era una chica menuda,
rubia, con largos cabellos trenzados que parecía largas espigas en
pleno esplendor. Nuestras miradas se cruzaron y, yo creí que todo lo
que me rodeaba se convertía de un color intenso y con la luminosidad
del sol al mediodía. Ella demostrando un valor que yo nunca hubiera
tenido en ese momento, se dirigió a mi, con una sonrisa, que me hizo
creer en los mismísimos ángeles del cielo.
- hola.
Al
oír su voz, ésta me sonó a pura melodía primaveral, como el
susurro de la brisa acariciando con maternal suavidad las mansas
aguas de un rio.
Yo
en ese momento me sentí como que no tenia lengua, sin saber que
decir, cuando lo mas sencillo hubiera sido contestar con otro “
hola'' en vez de eso, contesté con tono asustadizo “ tu quien eres
''. ella lejos de molestarle la manera descortés de mi respuesta,
que, en vez de un saludo, era una pregunta inadecuada y maleducada,
me contestó, sin dejar de mostrar una sonrisa que parecía sujeta
imperiosamente en una boca que parecía esculpida por el mejor de
los escultores “ soy la sobrina del marques '' .
De
repente, una voz estridente, una voz con tono autoritario pero
respetuoso, me despertó de mi ausencia del mundo, “ ¡ niña,
vamos ! Esas dos palabras me martilló el cerebro y el mismísimo
alma, pero la palabra que mas me hizo adentrarme en las tinieblas
del abismo, fue cuando la niña, con voz apagada, me dijo “ Adiós.
'' ese, adiós, inesperado, me sonó a una despedida eterna, sin
retorno, y, ese adiós sería premonitorio, ya que, los adioses y
despedidas serían una constante en mi vida. Veía como se alejaba,
con paso forzado pero obediente, mirando hacia atrás, mirándome
como con tristeza. Yo en ese momento no entendía el porqué de esa
mirada, de esa pena, mas tarde, con el tiempo comprendí la causa de
esa mirada.
Después,
nos dirigimos a casa de mis tíos. Todos los domingos que había
mercadillo, comíamos en su casa, ya que mis tíos eran mas pudientes
económicamente, hacían la compra de las viandas que necesitaban y
nos convidaban.
Aquel
día, se me hizo mas largo y mas pesado. No paraba de darle vueltas
en la cabeza el porqué de la cara de tristeza de la niña rubia,
cuando un instante antes, su cara reflejaba, a través de su sonrisa
la mas absoluta felicidad ( o eso, me pareció a mí ). Mi madre,
siempre atenta, al verme con gesto de contrariedad, me preguntó que;
qué me ocurría. Yo con un tono que mas era un susurro que otra
cosa, contesté qué; nada, solo que estaba un poco cansado.
Y
cansado me encuentro ahora, por lo que por hoy voy a dejar de
escribir. Mañana, con la mente más despejada, seguro que recordaré
con mayor claridad.
4
El
día de mi noveno cumpleaños, Al despertar, mi madre me felicitó
con un beso acompañada de una mirada que te atravesaba el
sentimiento de amor que solo una madre puede transmitir.
Mi
padre hacía tres meses que se había marchado a trabajar a la
capital. Tres meses marcados por su silencio, silencio que dura hasta
hoy. Pero eso es otra historia que contaré mas adelante.
Mi
madre me dijo que me vistiera y me lavara bien, ya que teníamos que
ir a visitar al párroco. Este anuncio, inesperado, me estremeció,
fue como si un rayo atravesara mi cuerpo, era consciente de lo que
significaba esa visita al señor cura.
Pero
vayamos por partes. Cuando se fue mi padre, la situación económica,
era calamitosa, comíamos lo que nos traía alguna vecina y lo que
nos daba el párroco. Mi madre contribuía yendo a la rebusca de
legumbres y patatas, de vez en cuando y, sobre todo en época de
matanza nos regalaban sangre con la que mi madre elaboraba una
especie de morcillas, y, con el sebo y aceite usado que le daban los
dueños de la taberna, fabricaba un jabón con el que nos bañábamos
y hacíamos la colada de la ropa. Las visitas del señor cura a casa
se hicieron cada vez mas frecuentes, y a horas, que según decía él
mismo, no eran decentes para visitar a una mujer, menos si esta mujer
estaba casada.
Cuando
llegaba el cura, mi madre empezaba a transmitir cierto estado de
nerviosismo, que aunque trataba de disimularlo, se hacia evidente con
poco que te fijaras en las manos, pues estas comenzaban a temblar de
forma evidente. Cierto es que el señor cura, nos hablaba a los dos
con cierta ternura, pero no es menos cierto que, esa ternura estaba
cargada de una autoridad que te transmitía un temor que te
paralizaba. La conversación – monologo – que mantenía mi madre
y él, siempre era mas o menos la misma: que si era una canallada lo
que mi padre estaba haciendo, que si una mujer tan joven no podía
estar tan sola, que si un niño con nueve años tenia que empezar a
trabajar para colaborar en la casa, en fin, una serie de cuestiones
que siempre terminaba diciéndome a mí que saliera a dar una vuelta
pues tenia que comentarle a mi madre una cuestión de la que yo no
podía ser participe. En aquella época, yo ignoraba que le decía el
cura a mi madre, pero no tenia que ser nada bueno ya, que, cuando yo
volvía a casa me la encontraba con los ojos bañados en lagrimas.
Me
gustaría no recordar ciertos asuntos, pero entonces, ni ustedes ni
yo entenderíamos absolutamente nada. Llegados a este punto, me
gustaría aclarar qué, esta, no es solo la historia de mi vida, es
la historia de la vida que vivieron otras muchas personas, hombres y
mujeres, niños y niñas. No pretendo hacer una historia de buenos y
malos ¿ quien soy yo para juzgar a nadie ? Pero tampoco me quiero
permitir la hipocresía de ocultar quienes eran unos y, quienes eran
otros. Ocultar lo sucedido por cuestiones de moralidad, ideología, o
creencia religiosa seria faltar a lo que nunca un contador de cosas
se debería permitir, y yo, que solo pretendo contar cosas no pienso
ocultar los hechos tal y como yo los viví, al menos, como yo los
percibí.
Como
ustedes han podido observar, estoy omitiendo los nombres de los
personajes que ya han salido en esta historia, igual pasará con los
que todavía quedan por llegar, creo humildemente que no tengo
derecho a utilizar la identidad de ningún ser humano, pero eso no me
impide contar sus hechos. Ademas, como ya dije al principio, ésta
bien pudiera ser la historia de cualquiera que se asome a este
relato.
Me
lavé y me vestí lo mas pausadamente posible, quería que el tiempo
no pasase, que el día, se detuviera en ese mismo instante, que en
este mundo, no existiese mas seres vivos que mi madre y yo. Quizá
era excesivo el temor que sentía de ir a visitar al señor cura,
pero eso ya lo viví con mi hermano.
Mi
hermano era cuatros años mayor que yo. Un día llegó el señor cura
y se lo llevó para que trabajara en un taller de la ciudad que se
dedicaba a la reparación de carruajes y tartanas. Esto ocurrió hace
ya mas de dos años, desde entonces no le hemos vuelto a ver, aunque
de vez en cuando nos llega alguna noticia que nos trae algún vecino
que visita el lugar donde él se encuentra. Nos dicen, que, sigue en
el mismo taller y que dentro de poco puede subir de categoría. Esta
noticia, llena de orgullo a mi madre, que a pesar de la tristeza de
no poderle tener cerca, se consuela sabiendo que su hijo se está
labrando un futuro.
Llegamos
a la parroquia sobre las nueve de la mañana, era un recorrido desde
mi casa hasta la iglesia que yo había hecho en multitud de
ocasiones, y nunca me parecieron tan lúgubres y tristes sus calles.
Don...* el cura, nos esperaba en la sacristía, al verle, de pie,
junto a un mueble lleno de paños y bandejas de plata, con un espejo
tan limpio que parecía que lo que en el se reflejaba, era igual de
real que lo que realmente existía. Invitó a mi madre que se sentara
en una de las dos sillas que había, en la otra se sentó él.
Habitualmente su mirada hacia mi siempre me había parecido limpia y
casi paternal, pero ese día su mirada me encogió el alma, un
escalofrió recorrió mi cuerpo y, aunque quise que no se notara, mis
rodillas temblaban de forma incontrolable.
d...*
el señor cura, era un hombre de una estatura mas bien baja, algo
grueso sin llegar a la obesidad, aunque la papada le hacia parecer
mas orondo de lo que realmente era, la sotana, sin duda alguna una
talla mas pequeña que la que tendría que tener le marcaba un
vientre que luchaba contra la botonera por huir de manera natural,
creo que dicha presión era la causa de que siempre tuviera la cara
tan roja como una amapola, bueno, la presión de la sotana y el vino
de la misa! ¡La sangre de cristo es purificadora de almas! Al menos
eso exclamaba cada vez que se purificaba de más. Me dio la sensación
que a pesar de lo la hora temprana de ese día, Don...* ya se había
alambicado el espíritu. Falta le haría desde ese día, desde ese
fatídico día.
“ vamos
a ver muchacho'' me dijo D...* “ tu madre no puede mantenerte, por
lo tanto, tienes que empezar a ganarte las habichuelas por ti mismo.
Aquí en el pueblo, sabes que no hay trabajo, el campo no da para
tanto bracero, ademas posiblemente, dada tu debilidad corporal no
darías la talla. Es por eso que he hablado con el señor marques
para que trabajes para él en la finca que tiene en el sur, soy
consciente de la distancia que os va a separar a ti, de tu madre,
pero eso no debe suponer un impedimento, ya que el acuerdo generoso
con el señor marques es que en pago de tu trabajo, no solo te dará
de comer, también te enseñaran a leer y escribir, con lo que en
cuanto aprendas, la podrás escribir y yo leeré tus cartas a tu
madre.'' En ese momento, el estomago se me encogió de tal manera que
creí que las bilis se me saldrían por la boca, la cabeza me empezó
a dar vueltas y la vista se me nubló hasta casi la ceguera. Quise
decir algo, pero solo pude balbucear “ pero...'' el párroco me
interrumpió “ calla, calla, que yo sé lo que os interesa, tu
obedece como buen cristiano '' ¡¡como buen cristiano!! en ese
momento me pregunté; ¿ es de buenos cristianos separar a los hijos
de sus madres? Naturalmente no me atreví a expresar mis pensamientos
en voz alta, tal era el temor que en ese momento me atenazaba delante
de aquel ser que me pareció estar ante el
mismísimo demonio.
Esa
misma tarde mi madre, vestida de un negro premonitorio, me preparó
un hatillo con la poca ropa de que disponía. Guardaba un silencio
desolado, tragándose las lagrimas amargas,
evitando en todo momento que nuestras miradas se cruzasen, temiendo
que en sus ojos descubriese la verdad de sus intenciones, ella sabía
que sus ojos muchas veces decían lo contrario que sus palabras.
Cenamos en silencio, yo no pude evitar cogerla de la mano y romper a
llorar. Ella, me abrazó tan fuerte que la piel de sus labios se
fundió con la sequedad de los míos. Fue un beso eterno, de un
interminable amor, pero también de una despedida sin retorno.
Estuve
toda la noche sin poder dormir, mi madre, de madrugada, se vino a mi
cama y, sin decir palabra se arrimó a mí y me abrazó, sentía su
respiración en mi nuca, era como una brisa cálida que me turbaba y
me llenaba de una melancolía anticipada. Yo sin saber por qué,
intuía que esa era la última vez que la podría abrazar, besar, que
no tendría otra oportunidad para demostrarle mi amor por ella. Me
levante a eso de las seis de la mañana, llené la palangana con el
agua que ella me había preparado la noche anterior, sobre el agua
rebotó una lagrima disimulada, una gota de dolor. Mi madre me ayudó
a vestirme como cuando era mas pequeño, pero esta vez lo hizo muy
despacio, acariciando todo mi cuerpo, queriendo impregnarse las manos
de cada milímetro de mi piel. Me preparó un tazón de leche con
achicoria acompañado de un trozo de pan con manteca. De pronto, unos
golpes en la puerta, que mas que una llamada, parecía el golpe de la
muerte antes de segar la vida. Al abrir la puerta vimos una sombra
enorme, negra y terrible. El portador de la horrible imagen no era
otro que el cochero del señor alcalde que venia a recogerme para
llevarme a la ciudad y allí coger el tren que me llevaría al sur
del país.
Antes
de subirme al carro, mi madre me dijo con una voz tan seria como
tranquila que nunca olvidara de donde procedía, cual era mi pasado y
sobre todo que nunca permitiera que me esclavizaran. Esas palabras me
sorprendieron, mas en boca de mi madre, una mujer que no conocía el
odio ni el rencor. La vi entera, firme y decidida, fría como un
tempano, muy diferente a como se había comportado durante la noche.
Cuando el cochero arreó las mulas y el carruaje emprendió la
marcha, estuve a punto de saltar y negarme a marcharme, pero no me
atreví, mi sentido de la responsabilidad y la promesa a mi madre de
que siempre afrontaría mi destino sin retroceder ni un paso me lo
impidió.
El
camino a la ciudad era largo, sobre una carretera de grava cada vez
mas desgastada y escasa. Mientras avanzábamos, veía los campos que
ya nunca volvería a ver, campos por los que yo había cabalgado en
un caballo tan veloz que ni el viento podía seguirnos, construido
con una caña y unas plumas de pavo, trigales por donde había
retozado hasta que mi piel se perfumaba de su fresco verdor. Trigales
donde me perdía cada vez que deseaba esconderme de la cruda realidad
de aquellos años. De pequeño creí, Siempre, que era temeroso de
dios, ahora creo que simplemente fui un cobarde, hoy lo sigo siendo.
Al pasar junto al rio, recordé aquel día que estando toda la
muchachada jugando cerca de la orilla, el hijo del panadero se
introdujo en el agua mas allá de donde nos tenían permitido. Era un
rio que en la orilla las aguas corrían suaves, como alas de mariposa
rozando la mejilla, pero en su centro bajaban bravas y espumosas como
las tormentas provocadas por el mismísimo Zeus. De pronto el hijo
del panadero comenzó a gritar de forma tan agónica y terrorífica
que la sangre se me paró y mi corazón empezó a latir como
queriendo escapar de mi pecho. Todos los muchachos se lanzaron al
agua intentando llegar hasta él. Fue inútil. La fuerza del agua le
arrastró corriente abajo hasta que el rio con una crueldad injusta
lo hundió en sus profundidad oscura, fría, natural, cumpliendo la
obligación de la naturaleza, defendiéndose de quien se atreve a
desafiarla.
A
partir de ese día, ya nada fue igual, los demás muchachos
aprovechaban cualquier ocasión para llamarme cobarde, ninguno quería
acercarse a mi, como si yo fuera el portador de la mismísima peste.
El
camino se me hizo largo, triste e indignante.
Como
ya dije el cochero era un hombre complexión fuerte, muy alto, muy
ancho, con un rostro de facciones rudas, ojos grandes y mirada fría,
amenazante. Sus manos, callosas, fuertes, quemadas por el sol y el
frio. A pesar de su aspecto tenia fama de ser una buena persona,
aunque algo retraída, silenciosamente prudente, calladamente
cómplice de los desmanes corruptos del señor Alcalde, del señor
cura, del señor conde.
A
mitad de camino, y al ver que las lagrimas se deslizaban por mis
mejillas me preguntó que qué me pasaba, que los hombres no deben de
llorar y afrontar el destino tal y como le viene a uno. No necesité
pensar en la respuesta, pues esta, me salió del corazón, mas que de
la mente. Le dije, que si el señor cura era tan bueno como decían,
no entendía que separara a una madre de sus hijos, y que eso a mi
entender no era de buen cristiano, y que ojalá el señor cura no
volviese a ver la luz del día. La respuesta no pudo ser mas clara y
tajante, me dio una bofetada en la boca que hizo que me sangrara el
labio superior. Con lo que las lagrimas que caían por mis mejillas
dejaron de ser de tristeza y se convirtieron en lagrimas de rabia y
soledad.
Llegamos
a la estación con el tiempo suficiente como para buscar a alguien
que se quisiera hacer cargo de mi durante el viaje. Pero, aunque el
cochero usó la carta del señor marques, diciendo que este último
seria especialmente generoso con quien se hiciese cargo de mi, nadie
estuvo dispuesto a tal responsabilidad, no por no querer colaborar
con el señor marques, sino por el temor de que si me pasaba algo
durante el trayecto, las represalias hacia ellos, serian mayores que
los beneficios. Por tanto, me quedé sin nadie que quisiera asumir
tal responsabilidad.
Cerca
de nosotros se encontraba un hombre que no dejaba de mirarnos y de
estar atento a la conversación que el cochero y las personas a las
que le ofrecía dicha oferta mantenían. Cuando el cochero,
desesperado, decidió tirar la toalla y volver ( no sin temor ) al
pueblo y contar el fracaso encomendado, este misterioso señor se nos
acercó y con una voz suelta y firme nos espetó “ señor, no he
podido evitar escuchar su conversación, y visto que no ha tenido
usted éxito en su cometido, me ofrezco a hacerme cargo del asunto “
El
cochero, miró a aquel hombre con cierta curiosidad y a la vez con
ojos desconfiados, pero no le quedaba mas remedio que escuchar la
oferta que aquel hombre le reclamaba. “ ¿ usted viaja en este tren
? “ le preguntó el cochero. El hombre, con una sonrisa de oreja a
oreja, le contestó “ no señor, pero me dirijo al lugar donde
tiene que ir el chaval. Pero permitirme que me presente, mi nombre es
...* artista de variedades y poeta por vocación, viajo con mi
familia, también grandes actores y actrices, equilibristas,
ilusionadores y cantantes, en definitiva, todo lo que está
relacionado con el mundo del espectáculo.
A
continuación, los dos hombres se alejaron unos metros de donde yo
me encontraba, impidiendo así toda posibilidad de que pudiera
escuchar lo que se decían uno a otro. Pasado unos minutos